viernes, 27 de mayo de 2016

Olé, Benito

Benito del Salzillo nació tempranero, de un rojo apresurado, con la piel arrugada como la de un lagarto y nada bajo el brazo. Creció pequeño y adicto al anís desde un dolor de dientes. En el pueblo siempre tuvieron claro que era un temerario, desde que con seis años se subió a lo más alto del árbol más alto del cementerio para ver si se movían los muertos. «¡Anís del mono!» gritaba. Se le quedó lo de mono.
El televisor de su casa era en blanco y negro y sólo tenía un canal, que echaba los toros y algunos documentales de Félix Rodríguez de la Fuente. ¡Curioso
 Benito! Pero sin escolarizar. Aprendió los números con el mando de la tele y nunca llegó a leer. Cuando se quedaron sin anís, sus padres vendieron el aparato para comprar más. ¡Aburrido Benito! Salió a la calle a torear estatuas con una sábana como capote y una botella como espada.
¡Tonto
 Benito! No lo digo yo, lo dijeron los del pueblo cuando lo vieron con la boca hacia fuera intentando provocar a la estatua de un buey. «¡Eh, toro!» Pieza de arte que no se movía. «¡Eh, toro!» El pito hacia delante como si fuera a mear. Tardó unos días en probar con las vacas de los campos. «¡Blanca leche!» Benito se dio cuenta de que el anís estaba más bueno si lo mezclaba. Semanas después fue a por las vaquillas, delgadas como juncos, que perseguían la sábana cuando les azuzaba con un palo. «¡Eh, toro!» La mano del anís apoyada en la cadera. «¡Eh, Benito!» Los ganaderos corriendo enfurecidos hacia él.
Benito
 tenía la efervescente adolescencia asomándole por las rojas mejillas. Echó a crecer, pero muy poco, un día que caminaba hacia el pueblo más cercano. Le llegó el lento pacer de los negros toros cuando las negras aves se posaron en sus negros lomos. «¡Cuánto negro!» Exclamó Benito corriendo ladera abajo. Estaba rojo de sangre cuando un rejoneador de Jaén se encontró con él. «¡Eh, toro!» los labios hinchados hacia delante. «¡Eh, toro!» Bañando sus heridas con anís. El rejoneador lo subió a su caballo blanco de crines negras cuando vio su talento. «¡Valiente muchacho, tienes lo que hay que tener!» le decía emocionado.
Benito
 apareció en las plazas al año siguiente. «¡El tonto del pueblo!» exclamaban asombrados los del pueblo al verle. Entre vítores y aplausos celebraban el arte de Benito. ¡Gallardo Benito! Traje de luces ajustado, espada y capote de verdad, las botellas de anís escondidas tras los burladeros. «¡Eh, toro!» Las cicatrices rojas de su cara llena de chulería. «¡Eh, toro!» El pito hacia delante como si lo fuera a clavar. «¡Temerario Benito!» El toro desangrándose sobre la tierra. «¡Olé, Benito!» El torero blandiendo las dos orejas.
Benito
 del Salzillo murió tempranero, de un rojo apresurado, con un cuerno bajo el bazo. ¡Pobre 
Benito! Desangrándose sobre la tierra pidió ser enterrado en alto, para ver si se movían los muertos. «¡Anís del mono!» Se amorró a la botella para amamantarse del último trago, los labios amoratados, el pito encogido. «¡Cuánto negro!» exclamó corriendo muerte abajo.




Escrito por Laura Muñoz
Translated to English by Austin Lovell


Podéis encontrar más textos escritos por Laura en Retórica Bohemia http://retoricabohemia.blogspot.co.uk/

sábado, 28 de noviembre de 2015

La Nascita di Venere

Ajusto el zoom de mis prismáticos para observar con mayor precisión mi objetivo. Una fuerte racha de viento descoloca la trayectoria visual que proyecto sobre la playa y mis ojos se ven contaminados con la grotesca figura de dos nalgas peludas asomando como dos montañas gemelas y nevadas por encima de un bañador verde caqui. Retrocedo y giro hasta que vuelvo a encontrar mi prioridad, el asunto en cuestión es de una importancia de nivel teléfono rojo. Como socorrista, esta es mi prioridad, velar por la seguridad de los bañistas.
            Las lentes de mi instrumento de salvador de las playas se tiznan del color brillante de la sangre pura derramada a borbotones; horneada en el corazón y sacada de la aorta, sangre con sentimiento de lujuria. Sí, juraría que ese es el color exacto. Alejo el zoom y por fin contemplo la escena con total rigurosidad de detalles. Una gota cae en mis pantalones, no sudo, viene de mi boca. Noto una ligera presión en mi bañador, un calor que me sube desde el interior de las uñas de los dedos gordos de los pies hasta la coronilla, conquistando mi cuerpo al completo. Mis pupilas se dilatan, entro en éxtasis y me precipito desde la cumbre de mi silla hacia la abrasiva arena.
            Corro. Salto la primera ola. Arranco agua arrastrando las piernas y cuando me llega el nivel a las rodillas paso a mi versión horizontal para proseguir nadando. Sin querer toco el fondo con la punta de los dedos y un alga verde como el fondo del mar se adhiere y asoma su pequeña cabecita inhumana para observar con deleite a quien con tanta urgencia tengo que atender. La cojo en mis brazos y corro como un diablo para salvaguardar su dignidad, la tapo con el ancho de mi espalda. Se aprieta contra mí y noto dos bultos. La arrastro, pesa más de lo que pensaba. Gritos, oigo cientos de gritos. Mi cabeza se llena de sonidos, quejas, difamaciones, groserías. No me dejo corregir, yo soy un héroe, un poeta, el Minotauro de Cortázar, el que va en contra de la sociedad y no lo hace por destacar si no porque no sabe fingir o no quiere ser un falso más.
            Mis acciones tienen a veces duras consecuencias. La dejo reposar en el suelo y dejo caer mi peso sobre sus hombros. La miro, ella abre los ojos y me doy cuenta de que son verdes, como el atisbo que dejó el fondo del mar en mi superficie, ahora la profundidad de su alma se clava en mi alma con la fuerza de sus dos pupilas. Su bañador es rojo sangre, como mi sangre ¿somos dos personas o simplemente somos?
–¡Hazle el boca-boca o lo que sea de una puta vez ya, joder!
–¡Eso! ¡Deja ya de toquetearla!
            Siento la envidia de los que me rodean fluir por el ambiente en fonemas sordos para mi corazón enamorado, solo atiendo a sus ojos, a sus cejas, a su boca. Placer, conexión. Y al igual que el sol baja hasta hundirse en el horizonte todas las tardes, yo bajo mi cuello y mi boca hacia la suya, hasta que nos unimos. La beso. Un espectador se atreve a intervenir con un comentario.
–¿Qué coño haces demente?
            Levanto ligeramente la mirada pero ignoro las voces que intentan acallar mi pasión y vuelvo a presionar mis labios contra el cielo. Abro los ojos tanto como ella y también abro su boca, con la mía. Lanzo una ráfaga de aire para llenar los sagrados órganos que permiten que respire, que viva, que fluctúe por este loco ambiente en el que todo, incluso la naturaleza, se rinde a sus pies y a su belleza.
            Presiono entonces su pecho, sin intención de herir el instrumento que nutrirá a nuestros futuros hijos. Una fría fuente emana abruptamente agua bautismal desde su boca, que se me aparece en las horas de calor de este tres de julio, día que no olvidaré jamás por su sonrisa. Bebo del agua de tus pulmones, lamo el chorro como un cachorro lame sus propias patitas para mantenerlas limpias, puras, vírgenes como tú.
            Vuelves en ti. Te incorporas, toses y toses. Inspiras hondo. De tu boca brotan más trozos de mar. Tu boca y la mía son dos imanes. Polo norte y polo sur es lo que somos, permite que te llame cariño en mis pensamientos.
–¡Me has salvado la vida!– Yo callo, absorto en su mirada.
–¡Qué susto!– Sigo contemplándola. Su voz me eclipsa.
–Bueno, gracias.
            La gente se dispersa, nos quedamos ella y yo. El norte y el sur, el mar y el cielo. Me sonríe, miro sus dientes, amarillos, luz solar y ella sola para mí. Se levanta y yo con ella, no separamos nuestras miradas. Parece tímida, agacha ligeramente la cabeza, mira al suelo, gira la vista. Un desconocido interviene.
–¡Abuela Mariana! ¿Estás bien? 
–Sí Samuel, dile a tu abuelico que vaya preparando la paella que hoy llegaré un poquico tarde.



Escrito por Daniel Vicente Cazorla